El 10 de octubre de 1968, al proclamar la libertad de los esclavos, Carlos Manuel de Céspedes, marcó en la historia de Cuba, la entrada definitiva a la proscripción de la distinción de razas.
A inicios del siglo XIX, con el aumento de las plantaciones cañeras y cafetaleras en nuestro país, como consecuencia de la Revolución de Haití, se produjo cierto crecimiento de la economía basada en un régimen esclavista, esclavos mayoritariamente negros.
Ese segmento se incrementó notablemente entre 1791 y 1825, al punto que al finalizar el primer cuarto del siglo XIX la población negra de Cuba ascendía al 56% del total, condenada por su condición a realizar los trabajos más duros, en situaciones infrahumanas, y vejada por blancos ricos.
Esa realidad alarmó a los terratenientes por el temor a que ocurriera aquí un movimiento como el que había propiciado la independencia de Haití.
En una ocasión Armando Hart escribió que el proceso de formación nacional tropezaba con obstáculos que a muchos les parecían insalvables, pues se unían en un nudo difícil de desatar el interés del régimen colonial por ampliar el sistema esclavista, el temor de muchos terratenientes criollos a la independencia porque ello conduciría a la abolición de la esclavitud y el objetivo de la política norteamericana de que Cuba permaneciera bajo el dominio español hasta que estuvieran creadas las condiciones para apoderarse del país.
No obstante algunos cubanos defendieron con ardor el pensamiento separatista, cuyo más notable exponente fue el padre Félix Varela.
En tanto fueron cobrando fuerza importantes movimientos de rebeldía que sirvieron de antecedente a la guerra por la independencia.
Entre los acontecimientos más sobresalientes sobre el particular, la historia recoge las rebeliones entre esclavos producidas en los años 1843 y 1844 en Matanzas y conocidas más tarde como la Conspiración de la Escalera. Esos sucesos fueron más que una simple conspiración, y sí significativas sublevaciones de esclavos que se mantuvieron durante dos años en combate desigual contra la Capitanía General de la Isla. Según investigaciones más de cinco mil negros cayeron en combate o fueron asesinados entonces en esa zona del occidente cubano donde estaban concentrados los mayores recursos del ejército español y los terratenientes estaban más influidos por las ideas reformistas o anexionistas y por el temor a la abolición de la esclavitud.
Apuntó Hart que el nudo de estas contradicciones fue a romperse de forma violenta con el movimiento insurreccional iniciado por Calos Manuel de Céspedes, el 10 de Octubre de 1868, movimiento que enarboló las banderas de la independencia y de la abolición de la esclavitud y mediante el cual los sectores más progresistas de la clase terrateniente cubana se unen con el pueblo para dar inicio a cien años de lucha.
Entre los factores que facilitaron esas posibilidades revolucionarias estuvo precisamente el incremento del número de negros esclavos, que a partir de 1790 transformó a la vuelta de ochenta años la composición de clases del país.
Para que se tenga una idea, entre 1790 y 1830 arribaron a Cuba 227 mil esclavos africanos, y la cifra de esclavos que entró al país en esos cuarenta años llegó al país era similar a la de la población total de Cuba en 1790.
El aumento de la población esclava determinó también aumentos en la población trabajadora y explotada. Entre 1791 y 1868 la población total del país se incrementó de 272 000 a 1 350 000 habitantes, y ello alteró de forma radical la proporción entre explotadores y explotados y entre cubanos y españoles.
El alzamiento del 10 de Octubre de 1868, iniciado por Céspedes en su ingenio de La Demajagua, propició al mismo tiempo que se extendiera la insurrección con gran rapidez hacia el occidente y que alcanzara repercusión de carácter nacional.
Cuando Céspedes convocó a libres y a esclavos, a blancos y negros, a luchar por la independencia de Cuba, estaba marcando el camino hacia una verdadera revolución social, revolución que se conquistó con el arrojo de todos los hombres dignos que habitaban esta tierra, sin distinción de raza, y que continúa hoy su triunfante marcha, gracias a esa fusión imprescindible, hacia la consolidación de una obra sin igual, en la que el negro es hermano del blanco, y codo y codo luchan cada día por nuevas conquistas de beneficio colectivo.